Con esta obra, el autor español aborda la vida de un adolescente y su expectativa y cómo ve en ese lejano 1969 el viaje del hombre a la Luna
Israel Morales, Monterrey
Ahora que el Artemis II hizo el viaje profundo a la Luna es interesante acercarnos a una obra de Antonio Muñoz Molina, reeditada en 2025, y que aborda desde la perspectiva de un adolescente los motivos e impactos que le deja el gran suceso tecnológico del siglo XX: la llegada del hombre a la Luna. La novela “El viento de la Luna” pertenece a la Biblioteca Antonio Muñoz Molina, de Booket, de editorial Planeta, que ha reeditado varias de sus obras. Y esta novela conforma esa gran visión entre metáfora de un sueño y la iniciación de un joven en la vida hacia el futuro, la cual vislumbra entre la realidad y aquellos elementos que la ciencia le provee, como la astronomía, y que él nutre además con la literatura de ciencia ficción. Bella y extraordinaria combinación.
El protagonista es un adolescente inquieto, un explorador de la vida a su corta edad, un viajero (porque ya ha leído tantas veces “Viaje al centro de la Tierra” por ejemplo), es “un astronauta”, porque él se imagina que lo es, y se vale, por eso cuenta en esta novela pasajes de su vida en un pueblo rodeado de su familia y también de los seres que lo habitan siempre con algo que decir, porque ese es el ambiente en que cifra su crecimiento y también su paso hacia la temprana madurez, porque por lo que cuenta y cómo lo cuenta ya está en ese proceso. El hombre se dispone a pisar la Luna el 20 de julio de 1969, con la misión espacial del Apolo XI, comandada por Neil Armstrong, al lado de Buzz Aldrin y Michael Collins; este es el gran tema del joven protagonista, algo que Antonio Muñoz Molina supo encauzar en el lector para sentir y vibrar con en ese momento relevante para la humanidad. Pero también cómo veía un chavo de esos años ese viaje, los motivos que lo alentaban, porque ya con la información que fluía a raudales, el narrador comprende que en esta vida es una eterna preparación para el futuro y cómo es que a quienes estuvieron cerca, como sus padres (a su papá le preocupa que lea demasiado y que además le dé por los viajes a la Luna), su hermana, su abuelo tienen también muchas cosas que contar en este mundo a partir de lo que él cuenta; y sí, el chico se rebela, pero siempre con un argumento tan válido como lo es el crecer a la par de aquellas broncas de la edad que lo circundan, sin llegar al tremendismo, y más en su excelsa ubicación de espacio y tiempo.
Y un ejemplo de lo anterior es que de su propia voz el lector se entera que la vida es tan inquietante cuando llegan los primeros destellos al corazón, que solo queda ser un espectador fascinado, como él, de su tía Lola, y que ya apuntaba a desarrollarse entre las inalcanzables estrellas del cine, el pop en su justa magnitud: “enamorado” de la actriz Faye Dunaway, más que de Monica Vitti o de Julie Christie, pues en esa educación sentimental están la radio, la televisión y los periódicos, que también son la fuente primaria para captar que en este mundo la exploración inicia desde el momento que hay conciencia sobre la misión que depara con el viaje a la Luna.
Así la vida, la muerte, el abandono, la rebeldía, pero también los matices cotidianos de salir a los campos, de mirar los escaparates de las papelerías, las tiendas de juguetes, donde se aprecian trenes eléctricos que por alguna razón misteriosa nunca le llevaban los Reyes Magos; aparadores de los que codiciaba un telescopio de un largo tubo blanco “que me permitiría ver los cráteres, los océanos, las cordilleras de la Luna, quizás el Mar de la Tranquilidad en el que dentro de menos de cuarenta y ocho horas se posará el módulo Eagle, Águila según mi diccionario de inglés, la cápsula en forma de poliedro con largas patas articuladas que parecen extremidades de una araña o de un cangrejo robot” (pág. 115). Y sí lo dice: la mayoría de las cosas que le gustan son inaccesibles y solo le queda reflexionar, dedicarle tiempo a ese viaje que espera con ansias y a pulir y llevar su imaginación al límite, pero sin salirse de la cotidianidad, que en cierta forma también alimenta ese discurso de idas y vueltas que es la vida. Se rebela ante su familia, en la escuela, ante lo que vaya en contra de su discurso pro exploración espacial.
Antonio Muñoz Molina despliega esta obra con todo su ingenio y aborda la visión de alguien que solo espera ese momento para poder saber que después de ese primer viaje a la Luna ya nada será igual. Y es además un retrato de esa vida que aunque parezca lejana ya se abría paso a un futuro que aunque el maestro, el padre director de la escuela, no aceptaba del todo, “a la Luna no se sube”, la expectación del adolescente es tal que eso no repercute en lo absoluto en su vida, porque ese viaje, pese a toda opinión en contra, está por superar todas las expectativas no solo de él.
Y así en ese lugar en que habita, en donde se recuerdan crímenes del pasado, del final de la guerra, sitio además en el que corre la información muy rápido, para eso está la TV que da los pormenores de esa exploración, la más grande del siglo XX, y que además ya su tío se prepara con una televisión a color, para ser testigo de ese suceso desde la comodidad de la casa, y los rumores que llegan por temas tan delicados, como la enfermedad de su vecino Baltasar, el primer vecino del barrio en tener un televisor y quien además le hizo un agravio a su abuela en “un pasado lejano y sombrío” y de lo que relaciona con su tema predilecto: “No sé nada del pasado ni me importa mucho pero percibo su peso inmenso de plomo, la fuerza abrumadora de su gravedad, como la que sentiría un astronauta en un planeta con una masa mucho mayor que la de la Tierra, o con una atmósfera mucho más pesada” (pág. 98). Así como la muerte del ciego, que vive al lado de su casa, que se dice se ahorcó, pero muchos no están tan convencidos, más rumores, por supuesto, son parte de esos contrastes del barrio San Lorenzo, de Andalucía, la sociedad, de la vida misma.
Pero como el leer tanto sobre la Luna le está afectando, como le indica su padre y que Julio Verne o H.G. Wells algo deben tener para complementar ese universo, así son esos volúmenes que devora: “Cada libro es la última cámara sucesiva, las más segura y honda, en el interior de mi refugio” (pág. 196). Las noticias y lo que plasma en su imaginario el protagonista dan los detalles de esa educación que le deja ese viaje con todos los significados de ese gran paso que estaba por dar la humanidad. Por eso el muchacho lo espera con ansias, mientras echa a volar su imaginación, la cual hay que decirlo, en esta obra de Antonio Muñoz Molina, bien vale la pena ese “boleto” sin costo rumbo al satélite:
“Me imagino que vivo solo en lo más alto de un faro o del torreón de un observatorio, y que instalo un potente telescopio delante del balcón y anoto observaciones astronómicas en un pequeño cuaderno, a la luz de una linterna. Hay un clamor lejano de grillos y de perros que viene de la hondura del valle del Guadalquivir, traído por una brisa caliente que apenas llega a estremecer las copas de los álamos bajo mi balcón. En la Luna no hay brisa ni viento que alteren el polvo de la superficie, tenue como ceniza muy cernida, pero los científicos dicen que hay algo llamado el viento solar, hecho de las partículas que irradian las formidables explosiones nucleares en el interior del Sol. El viento solar sugiere naves espaciales con velas desplegadas de titanio, con paneles extendidos que recogerán la energía y permitirán viajes hasta más allá de Neptuno y Plutón. Qué hay más lejos, qué sentirían los astronautas que dejaran atrás la órbita de Plutón y vieran al Sol convertirse quizás en una estrella anaranjada y diminuta, qué sensación de haberse extraviado para siempre” (págs. 92 y 93).