Andréi Kurkov refleja en “Abejas grises” el conflicto en Ucrania

Una novela que tiene como personaje a un apicultor que viaja con sus abejas a un sitio fuera de los bombardeos, pues vive en una zona gris, que se la disputan las fuerzas ucranianas y los separatistas prorrusos

Israel Morales/Monterrey

Dos amigos y un tanto rivales habitan en la zona gris de Ucrania, apenas tres calles en Malaia Starogradovka, esta tierra disputada por fuerzas ucranianas y los separatistas prorrusos en 2014, antecedente del conflicto actual. Serguéi Sergueich es un apicultor que ama su trabajo, cuida de las abejas con esmero en un sitio de conflictos, sin luz, con poca comida, orgulloso de la miel que le proveen, pero el frío le ocasiona problemas para recolectar el polen. Su amigo Pashka Jmelenko, un tanto incisivo y con dudas en su proceder ante diversas situaciones que emanan del conflicto, le marca algunas nociones de lo que pasa alrededor; ambos sobreviven con tiento, luego de ver un cuerpo en medio de la nieve, víctima de la disputa. Petro, un soldado del ejército ucraniano, visita a Serguéi, con quien platica, y muestra algunas dudas sobre el lugar en que vive, hay un poco de tensión, pero despeja la duda del cuerpo en la nieve, que puede ser de un rival. Le ofrece miel, puesto que Serguéi tiene siempre confianza en sí mismo, lo que le ayudará en el futuro. Y sí, los disparos, bombardeos, no dejan de escucharse, lejanos o cercanos. A su amigo le manda por el celular un mensaje: “Vivo”.

Aclamado por la crítica y considerado el mejor novelista ucraniano vivo, Andréi Kurkov ofrece en “Abejas grises” (Alfaguara) un panorama sobre quienes sufren ante la guerra, con coordenadas específicas de sus personajes, con las referencias sociopolíticas que contribuyen a profundizar en las razones del conflicto: ideologías, frases, grupos políticos e incluso grafías, que se explican en el texto o al pie de página, breves, pero concisas. Además en el epílogo, Kurkov hace un análisis sobre la disputa de Rusia y Ucrania, y la esperanza de que a esos territorios regrese la paz.

Serguéi está a punto de partir para llevar a un mejor lugar a sus abejas y que no se asusten por los bombardeos. Tiene el dato de un amigo apicultor, así se dirige lejos de la zona gris, hacia Crimea.

La guerra no cesa y en los rumbos por los que transita, él confronta con ímpetu y un poco de inocencia a las diversas situaciones del conflicto. La amistad de referencia, Petro, que lo ayuda en un retén, su padecimiento de tos por trabajar en minas, una relación con Galia, quien atiende un pequeño negocio, son algunos hechos que le mueven a continuar en busca del mejor lugar para las abejas.

Un joven con estrés postraumático que ataca su vehículo, la solicitud a su ex esposa, Vitalina, que vive en Ucrania, que le ayude con Aisha, la hija de Ajtem, su amigo apicultor quien murió, para alejarla de esa dura zona, donde la madre, Aisilu, sufre ante el encierro a Bekir, acusado de robo a una iglesia, y a quien le piden una cantidad de dinero por dejarlo libre, sino lo enlistarán en el ejército. Serguéi tiene una hija, Angelica; a ella y a su ex mujer desde hace tiempo que no las ve, razones de estar en geografías en disputa, o por las abejas, fieles amigas que lo han acompañado en distintas etapas de su vida.

Novela de amor por la naturaleza, el entorno, la amistad, pese a lo desgarrado de una realidad que se agudiza, aún hay un pequeño destello de salvarse y retornar a Donbás, a ese pueblo de apenas tres cuadras, con sus abejas, que después del estrés se encuentren listas para continuar con su trabajo. La posibilidad de volver con su amigo Pashka, en una situación de guerra que se agudiza. Serguéi Sergueich mantiene la fe en retornar a ese pueblo  donde se cambian los nombres de las calles cada que uno de los dos únicos habitantes lo quiere, y que quizá está a punto de desaparecer.

 

 

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